La muerte está ahí afuera, caminando y no es errante como todo el mundo piensa, la muerte sabe lo que hace, y lo hace todo muy bien.
Aunque este ser, la mayoría de veces, se presenta de una forma sorpresiva, hay algunos entes quienes la detectan antes que nadie, se dice que los perros aúllan al paso de la muerte y que los moribundos ven a sus familiares muertos, antes que la muerte venga a sujetarles la mano
Pero como dije al comienzo, la muerte es sabia y sabe bien lo que hace, la dama negro erra por el mundo cumpliendo su eterna y bendita labor. No solo tiene el poder y el deber de llevarse la gente al más allá sino que también juega con los vivos que no estamos en su lista, preparándonos para la partida del ser querido que desgraciada o afortunadamente esta próximo a caminar junto a ella. Por eso nos distrae, escudriña nuestro cerebro dominándonos y corriéndonos de su paso para hacer su labor mas tranquila y ordenada.
Hacer algo que nunca hicimos antes puede ser obra de la misma muerte. Siempre nos preguntamos “¿por qué hice esta cosa que nunca la había hecho antes?” y da la casualidad que, para ese entonces, siempre es demasiado tarde.
Tres veces sentí a la muerte y tres veces no pude evitar su divina labor, la primera vez me agarró por sorpresa, la segunda la sentí y en la tercera pude verla cerca de su “victima”, no la vi actuar, solamente la vi sentada en una de las camas de un geriátrico mientras miraba a un grupo de personas que estaban alrededor de una persona mayor. Al otro día esa persona murió y cuando volvimos al geriátrico a firmar algunas cosas nadie conocía a la persona de negro que esperaba y esperaba pacientemente en esa cama.